"El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar"
Harold Pinter
FELIZ NAVIDAD !
"El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar"
Harold Pinter
FELIZ NAVIDAD !
A medio camino se paraba el tren, como un tranvía, para recoger a algún viajero, cuando no descarrilaba, cosa que a diario sucedía, debido, sin duda, no sólo a lo malo de la vía férrea, sino a las borracheras consecutivas del maquinista y el fogonero.
- No se olvide de entregarle esa carta al compadre Sacramento.Diálogos análogos, sostenidos entre los que quedaban en los apeaderos y los que subían al tren, se oían a cada paso. De suerte que la demora originada por este palique a nadie impacientaba.
- Pierda cuidado.
- Oye, no dejes de mandarme con el conductor el purgante que te pedí el otro día. Mira que tengo el estómago muy sucio.
- En cuanto llegue.
... la animación principal de aquel cuadro era un centellear de ojos y un relampaguear de alegrías divertídísimo. Con aquel lenguaje mudo decía claramente el infantil ejército:
«¡Ya somos hombres!».
¡Cuántas pupilas negras brillaban en el enjambre con destellos de genio y chispazos de iniciativa! ¡En cuántas actitudes se observaban pinitos de fiereza! ¡Allí la envidia, aquí la generosidad, no lejos el mando, más allá el servilismo, claros embriones de egoísmo en todas partes! En aquel murmullo se concentraban los chillidos para decir:«Somos granujas; no somos aún la humanidad, pero sí un croquis de ella. España, somos tus polluelos, y cansados de jugar a los toros, jugamos a la guerra civil».
Llegaron a la vía férrea de circunvalación que corta el barrio, sin valla, sin resguardo alguno. La miseria se familiariza con el peligro como con un pariente. Sintieron silbar la máquina, y los condenados se pusieron a bailar sobre los carriles desafiando el tren mugidor que venía. Lo azuzaban, lo escarnecían, hasta que apareció la locomotora en la curva, y al verla cerca se dispersaron como bandada de gorriones. El tren de mercancías pasó, enorme, pesado, haciendo temblar la tierra, y ellos a un lado y otro de la vía le saludaban con espantosa rechifla, le amenazaban con puños y palos, le trataban de tú, remedaban con insolente escarnio los bufidos de la máquina, el desengonzado movimiento de las bielas, y por último pusieron al guardafreno como hoja de perejil. El tren les hacía tanto caso como a una nube de mosquitos, y desapareció dejando atrás su humo y su ruido.

El Moñigo no había querido despedirse porque Roque bajaría a la estación a la mañana siguiente. Le abrazaría en último extremo y vigilaría si sabía ser hombre hasta el fin. Con frecuencia le había advertido el Moñigo:—Al marcharte no debes llorar. Un hombre no debe llorar aunque se le muera su padre entre horribles dolores.
—¡Mochuelo!Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera. Allí abajo, sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca—uca. Le brillaban los ojos de una manera extraña.
—Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación.Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol.
—Adiós, Uca—uca —dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.
—Mochuelo, ¿te acordarás de mí?Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero era ésta su última oportunidad.
—Uca—uca... —dijo, al fin—. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero que te las quite!Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca—uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado.
Ayer hizo 70 años que Antonio Machado murió en su exilio francés.
[aqui los dos últimos en acción]
Si Australia es la cuna del Waltzing Matilda, los trotamundos son también un icono de los Estados Unidos.