(...) Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros,
según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los
libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que
quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas
eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición
del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La
tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el
fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz
continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.
(...)
(...) Como las universidades producían
más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de
profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se
convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda,
te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente»,
que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los
demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese
muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las
horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos
nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales.
Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todo son felices, porque no
pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es
un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma.
Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre
que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último,
las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la
otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos
para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra
tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser
inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy
yo. (...)