Roma, año 63 a.C., tras numerosos e infructusoso intentos de Lucio Sergio Catilina por hacerse a toda costa con el puesto de cónsul, en una sesión del Senado en el Templo de Júpiter, este fué interpelado por Cicerón en el primero de sus discursos que pasaron a la Historia como Catilinarias:
Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?
Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?
Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?
¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?
¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros?
¿Cuándo acabará esta desenfrenada audacia tuya?
No hay día en los ultimos tiempos que no comience con estas frases al repasar la prensa a la hora del desayuno.
El actual episodio del ventilador no es más que otro más en esta escalada.
Recorría Roma, casi al límite de un síndrome de Stendhal. Contemplaba lo que un día fueron maravillas, impresionantes obras de dimensiones colosales, ahora reducidas a montones de piedras, meros vestigios que a duras penas conseguían dar algunas pistas sobre su pasado glorioso.
No era capaz de comprender que fue lo que hizo que todo aquello, diseñado para una pretendida eternidad en la capital del mundo de entonces, se viniera abajo en algún momento.
Poco sospechaba que el día siguiente iba a proporcionarme una terrible demostración de todo ello.
Y mientras todas las pantallas del mundo emitían las mismas imágenes no podía quitarme de la cabeza una estrofa de Battiato:
Vivo alla fine dell'Impero Romano // Vivo al final del Imperio Romano in un giardino di ciliege // en un jardín de cerezos che spruzzano il loro succo // que rocían su zumo sulla mia faccia slavata. // sobre mi cara lavada
En octubre de 1899, los hermanos García Naveira realizaron un viaje por Francia, Suiza e Italia acompañados de un amigo Rogelio Borondo, quien describe los lugares visitados en un libro impreso en Betanzos titulado "Memorias de un viaje improvisado". De su relato, podemos inferir que uno de los motivos del viaje era el de visitar los jardines y los parques clásicos y contemporáneos con el fin de recopilar ideas que incluir en su proyecto en ejecución "El Pasatiempo". (no, no me olvido que tengo pendiente un post sobre él).
Llamó poderosamente su atención durante su visita a Roma, la tumba del Papa Clemente XIII en especial los Leones tallados por Canova en mármol de Carrara para la misma. Antes de abandonar el país encargó a un escultor italiano sendas réplicas identicas en el mismo material.
Transportarlos desde Italia no fue fácil, primero llegaron al puerto de A Coruña y después el traslado hasta Betanzos obligó incluso a reforzar la estructura del puente del Carregal. Finalmente, los magníficos leones se colocaron a la entrada de “El Pasatiempo”.
Tras la muerte del último de los hermanos (D. Juan en 1933) y de la terrible Guerra Civil, el parque cayó en el abandono y el expolio, del que los leones por su gran tamaño se libraron.