Descubrí Santa Cruz casi por accidente, un día de temporal de hace 10 años, perdido por carreteras portuguesas. Cuando dí un paseo por ella, al soleado amanecer del día siguiente, supe que iba a convertirse en uno de mis "rincones refugio" preferidos. Si el trabajo me lleva a Lisboa en viernes procuro alojarme allí, pese a estar a unos 70 kilómetros, y permanecer hasta el domingo.
Soy un enamorado de la Costa Portuguesa, así que Santa Cruz tenía muchas papeletas para gustarme. No obstante su tamaño recoleto -pese a la reciente expansión-; la mole horadada del Penedo do Guincho; el mirador "toscano"(gracias lima) -del que se cuentan todo tipo de historias de enamorados, seguramente falsas -; sus antiguas construccionesencaladas; sus rincones de vieja colonia de veraneo decadente; y sobre todo su balcón hacia el impresionante Atlántico -gentil los días buenos y demoledor los malos-, hacen de ella un sitio verdaderamente especial.
Especial fue también para el escritor japonés Kazuo Dan (si, ese con el que intenté infructuosamente despistaros en la entrada anterior) quien vivió unos años en la localidad.