Llegó a Compostela prácticamente a la vez que yo, y, desde entonces, los suaves acordes de su guitarra acarician al paseante casi desde cualquier esquina de ese escenario que es la zona vieja de Santiago.
No dude el viajero en pararse a disfrutarlo.
Detrás de su oscuro rostro impenetrable adivinará una sonrisa.
No dude tampoco, tras dejar caer unas monedas en la funda de su guitarra, en adquirir uno de sus magníficos CDs. Siempre que lo escuche, desde la lejanía de su casa, podrá oler otra vez la piedra húmeda y echará de menos que, en la grabación, las campanas de la Catedral no sigan el compás.
Se hace constar: Entrada en borrador inacabado desde el 18/7/2008 resucitada por gentileza de Max Birrax que escribió sobre la Presa de la Almendra.
La Presa de Aldeadávila, en Las Arribes del Duero, entre España y Portugal es la primera en producción energética de España y la segunda en Europa.
Es una presa de tipo mixto Bóveda-Cúpula-Gravedad, con una altura de 140 m y una longitud de muro de 250 m; que es capaz de embalsar un total de 115 hm³ en una superficie de solo 368 ha.
Su estructura principal, toda subterránea, cuenta con 12 kilometros de túneles de 12 x 8 metros, lo que da una idea de la magnitud de la obra.
Pero, a la importancia individual de esta presa, se suma el hecho de que forma parte del complejo hidroeléctrico de los Saltos del Duero, que cuenta con seis embalses en territorio español (Almendra, Castro, Ricobayo, Saucelle y Villalcampo) y otros tres en territorio portugués (Bemposta, Miranda y Picote). La capacidad productora del sistema supera ampliamente los 3.000 megavatios de potencia instalada.
Pese a haber sido domesticado en parte por este sistema hidráulico, el impresionante corredor fluvial de Las Arribes ofrece al viajero un insólito paisaje natural "el más bello, más agreste y más impresionante de España entera...", en palabras del mismísimo Unamuno, que decía:
A la distancia nadie adivina el hondo tajo por donde el Duero corre; la ondulante llanada parece ir a perderse suavemente y sin solución alguna de continuidad en las estribaciones de la sierra de la Estrella, que cierran, hacia Portugal, el horizonte. En uno de los repliegues de ese terreno se ocultan los hondos tajos, las encrespadas gargantas, los imponente cuchillos, los erguidos esfayaderos, bajo los cuales, allá, en lo hondo, vive y corre el Duero, ya espumarajeando las rocas que aún no han cedido a su tozuda labra, ya despenándose en desniveles, ya parándose un momento a descansar en angostos remansos, ya, por fin, zumbando bajos los peñascos en las espundias.